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GenesisRhapsodos

Génesis Edgeworth, Ejecutor Vizard.

Introducción Editar

Génesis Edgeworth es un ex-Shinigami del 11º Escuadron y actualmente reside como un Vizard de nivel Ejecutor, bajo el mando de Anwar.

Apariencia Editar

Génesis es alto y musculoso, a pesar de que a primera vista no se aprecia demasiado. Su pelo es de tonos rojizos, liso y a la altura del cuello. Tiene un rostro demasiado suave y juvenil, con facciones occidentales y ojos azulados. Viste ropas totalmente negras con una gabardina roja de cuero por encima. Calza botas de cuero.

Personalidad Editar

Es tranquilo y poco impulsivo. Independientemente de su estado de ánimo, sonrie en la mayoría de las ocasione muy levemente. Su principal rasgo psicológico es un fortísimo sentido del honor. No hay nada más importante para él, ya que considera que es lo único que ya le queda. Distingue entre honor personal, honor social, y honor como vizard. El primero es referente a su persona, el segundo a su comportamiento con el resto de personas y el tercero refiere a la Sociedad de Almasa. Tiene un profundo odio hacia los quincys y, a diferencia de la mayoría de los shinigamis, siente afinidad por los hollow.

Sinópsis Editar

Genesisavy

Génesis Edgeworth

Han pasado ya casi trescientos años desde que estos trágicos sucesos cambiaran drásticamente la vida de un joven abogado de la alta cuna londinense y lo hicieran de modo que no cupiese la posibilidad de retorno. Nadie puede volver de entre los muertos. Todo relato tiene un principio y este en concreto haya el suyo en una fría tarde lluviosa en una calle de la capital británica, corría el mes de abril… Génesis volvía exultante, envuelto en un elegante traje y cubierto por su peculiar gabardina de cuero rojo, del tribunal de justicia. No llevaba paraguas y la lluvia hacía que mechones empapados de su pelo carmesí cayeran sobre su cara. Acababa de ganar un juicio en el que había logrado que declararan inocente a un acusado de fraude. Su alegría estaba en gran parte influenciada por esto pero no era lo único que hacía que una sonrisa amplia estuviera dibujada en los labios del abogado. Iba a casa para cambiarse, ya que esa noche había quedado para cenar con alguien muy especial, con Elizabeth. Ella era una joven abogada que había conocido en el bufete en el que ambos trabajaban. Lo que había empezado como una relación de mero compañerismo había derivado en amistad y esta a su vez, en amor. A pesar de que apenas se conocían de hace medio año, ambos compartían un sentimiento sincero, profundo y real. Esa noche habían quedado para celebrar el último que habían logrado, juntos. A pesar de que era él quien había llevado el caso, Elizabeth había permanecido mostrando su apoyo al joven Edgeworth, que así se apellidaba. Tras un corto paseo en solitario, Génesis llegó a su casa. Se trataba de un espacioso ático, decorado suntuosamente. Llamaba la atención una inmensa vitrina en la que se exponían multitud de espadas de todo tipo. También era de destacar la cantidad de libros en las estanterías. Al entrar, dejó el maletín en la puerta y fue derecho a la ducha. Tras cinco minutos salió y se vistió con sus mejores galas. Media hora antes de la hora señalada, estaba listo para salir, y así lo hizo. Había entrado en más de una ocasión al apartamento de Elizabeth, pero esta vez no le hizo falta, ella abrió la puerta, totalmente arreglada, lista para salir. A ojos de Génesis, estaba aún más bella de lo que solía estar normalmente. Tras un intercambio mutuo de elogios, salieron del edificio y empezaron a caminar hacia el restaurante, ajenos a lo que se les venía encima. Cuando cruzaban un paso de cebra, a Elizabeth se le enganchó el vestido con algo en el suelo y tuvo que detenerse. Entonces, un coche que circulaba a más de doscientos Km./ h. ignorando semáforos y demás indicaciones circulatorias, asomó desde el otro extremo de la calle, imparable hacia la joven abogada. Génesis, viéndolo venir, corrió hacia el vehículo para hacerlo parar poniéndose delante de él. No lo logró, y solo salvó su vida porque saltó involuntariamente hacia arriba en el último segundo. Eso no evitó que el capó del coche lo arrojara varios metros en el aire. Desde el suelo, herido y magullado, contempló sin poder moverse la muerte personificada. Ella no gritó al ser arrollada. Al menos nadie la oyó. En toda la calle solo podía oírse a Génesis en un grito desgarrador que hizo encoger el corazón de los transeúntes. Sacando fuerzas de donde no las había, Génesis se arrastró hasta donde se hallaba la muchacha. No tenía pulso, pero Génesis no admitía el hecho de que estuviera muerta. Incluso practicó la respiración boca a boca, siendo esa la última vez que sus labios se unieran. La ambulancia curó a Génesis de sus golpes y se llevó el cuerpo. El abogado volvió con pesadumbre a casa y lloró. Lloró como nunca lo había hecho. No fue a trabajar al día siguiente, y no salió hasta que se celebró el funeral, dos días después. Allí, Génesis pronunció un pequeño discurso cargado de rabia, tristeza, soledad y amor. Un mes más tarde, consiguió que el conductor del vehículo fuera condenado muy severamente. Desde ese momento, sin objetivo en la vida, pasó a ser una especie de ermitaño, alejándose de todo contacto humano. Hasta que una tarde sucedió algo inesperado. Oyó un terrible estruendo que destrozó la estantería de las espadas de su casa. Ante él se erguía un terrible monstruo que asestó un zarpazo a Génesis. Éste, al mirarse para ver si estaba herido, descubrió restos de una cadena en su pecho y quedó paralizado. Las cadenas significaban unión. ¿Significaba aquello su muerte? Ante el segundo ataque, cruzó un segundo la mirada con ese ser, pero le bastó para reconocer los ojos de Elizabeth. El golpe lo lanzó varios metros, pero Génesis se levantó y comenzó a intentar hacer razonar a Elizabeth. Tras varios intentos fallidos, pareció que ella recuperó la cordura y comenzó a hablarle con voz gutural. Estaba hablando de lo que le había pasado cuando un rayo azulado atravesó la cabeza de la hollow, desintegrándola. Atónito, descubrió una figura de arquero en el tejado de enfrente. Apenas pasaron diez minutos cuando un tipo que se presentó como shinigami del onceavo escuadrón apareció. Éste le contó todo lo que Génesis quiso saber de hollows, quincys y shinigamis. Acto seguido, le hizo el funeral del alma y lo envió al distrito 33 del rukongai. Allí empezó a interesarse por la profesión de shinigami y entró a la academia. Graduado con honores en Zanjutsu, fue destinado al 11º escuadrón, lo cual le alegró ya que podía imitar a aquel tipo tan amable. En el Gotei 13º, entrenaba día tras día, sin apenas descansos para mejorarse a sí mismo. Mantuvo duelos amistosos con casi todo el escuadrón y le tocó luchar incluso con arrancars de gran nivel. Durante un torneo promocional en el que Génesis se había inscrito para optar al puesto de teniente del escuadrón del combate cuerpo a cuerpo, le ocurrieron cosas muy extrañas. Tras pasar la primera ronda sin muchas dificultades aparentes, se dirigió a las gradas para observar a los otros participantes e ir elaborando estrategias personalizadas para cada uno de sus posibles adversarios. Sin embargo, una extraña sensación le recorrió y sintió el deseo irrefrenable de ir al rukongai, lugar donde su hollowficación comenzó. Irónicamente, el lugar donde su etapa como shinigami empezó habría de ser el lugar donde terminase. El dolor tanto interno como externo era inmenso y el proceso para convertirse en vizard fue muy duro. Tras este mal trago, fue acogido por otros como él en un edificio de Kamakura conocido como La Catedral. Allí vive desde entonces, intentando hacer vida normal mientras defiende lo que de momento es su hogar.